por Verónica Stedile Luna
En Variaciones sobre la escritura, Barthes arriesga que la escritura de Occidente está marcada por los cálculos de la economía. En la forma misma de la letra manuscrita y en los signos de puntuación hay diferencias de velocidad que costaban dinero: el pago por tiempo de trabajo a los copistas. La cursiva, por ejemplo, es más económica que la imprenta porque implica levantar la pluma de la superficie menos veces; un punto requiere más tiempo que una coma, y así. El título de un libro sobre la economía editorial de Occidente podría haber sido, siguiendo esta idea, lo que vale una coma. O, a dot is money. En Oriente, en cambio, la escritura habría estado ligada al dibujo: “el gesto del artista y el del escriptor son un mismo gesto” (116). La oposición es seguramente un poco torpe y falta de sutilezas, pero me vale acá para pensar la economía, la pintura y el tiempo como tres capas posibles de articularse en la inscripción editorial.
Esas tres dimensiones están presentes, bajo la pregunta sobre de qué es una publicación, en la obra que la artista, poeta y escenógrafa Andrea Iriart lleva adelante desde el 2019. Titulada Líneas Móviles, la obra tira del hilo que une esas capas de la historia de la escritura, y lo anuda a las fantasías de su devenir moderno: el vacío, el blanco, los volúmenes, los dispositivos de narración, el ready made. Líneas Móviles y tiene lugar en un espacio de cinco por seis metros de diámetro y seis metros de altura, con paredes de cemento gris sin pintar, en los Altos de San Lorenzo de la ciudad de La Plata.
Allí, Andrea Iriart escribe, con pincel y látex blanco, una línea por día; una línea por día distribuida en las paredes según giran las agujas del reloj; una línea por día que es tomada de viejos cuadernos donde guarda textos y poemas que ahora rompe para convertirlos en líneas; una línea por día para llegar al blanco con la escritura, para pintar con letras de blanco ese espacio de treinta metros cuadrados y ciento ochenta metros cúbicos. En ese espacio de cinco por seis metros, la escritura es dibujo y pintura, como insiste Barthes en caracterizar el trazo oriental, pero gira sobre el fondo de ausencia en el lenguaje que descubrió la modernidad occidental.
Andrea Iriart toma, y pinta, escribe una línea por día que rompe el texto anterior para componer, a través de los años que lleva esta obra, nuevos poemas que mutan según el encuentro con nuevas líneas; una línea por día donde escribir es trepar las alturas en escalera; una línea por día donde el significado se pierde por los bordes de la letra: “miro mis manos mientras escribo a gran escala y por momentos las veo independientes de mí, como si en cada palabra se desprendieran del cuerpo y en un ritmo propio emprendieran viaje”.
¿Pintar, dibujar, pueden ser, entonces, formas de escribir? ¿Hay sentido en la letra? Hablamos, por lo general, de las superficies de escritura (su suavidad, su aspereza; la fluidez o la resistencia); hablamos de las medidas en la escritura; pero de alguna forma nos mantenemos en el plano en que el libro nos tiene acostumbrados a estar: en la bidimensionalidad. ¿Cómo es escribir habitando el volumen de la inscripción?, ¿cómo es hacer de la inscripción la emergencia de un cubo antes que de un cuadrado? ¿Cómo sería leer cien páginas de Proust bajo las Líneas Móviles? ¿Cuándo terminaría Moby Dick escrito en una línea por día, al azar, girando como las agujas del reloj, dispuestas a encontrarse en un espacio de visión simultánea? El tiempo de la pintura blanca que va del texto a la línea y de la línea a la nada (el blanco total, cuando llegue) conecta la historia de la escritura con el gesto de lo un-ready un-made, lo no-aún-no-terminado, la copia inventada, lo ya hecho como ficción infinita.
Andrea Iriart dice que la obra versa “sobre el mundo y la forma de publicar”. Es casi la única vez que aparece la palabra “publicar” en su discurso, y sin embargo es fundamental porque el énfasis se pronuncia al mencionar el cuerpo en la escritura (2025: 11). Yo diría, retomando la economía de la escritura como actividad física, que la obra trae a la mesa de qué es una publicación el encuentro intenso entre las cuentas y los cuerpos, entre lo posible y sus medidas, entre el tiempo y la legibilidad. Si se trata de una-forma-de-publicar, ¿qué forma es la de Líneas Móviles? y ¿qué gestos lanza sobre los posibles editoriales? Arriesgamos cuatro entradas a esa forma, cuatro gestos que se desprenden de obsesiones editoriales: los blancos/ el blanco; los dispositivos de narración; la temporalidad y el espacio.
Publicar es alcanzar el blanco. Andrea Iriart está haciendo su propio cubo blanco –fetiche del arte contemporáneo si los hay–, movida por un gesto que es reverso, inversión, concavidad. Ni el cuadrado blanco sobre fondo blanco de Malevich, ni el cubo negro de Tony Smith; un gran cubo-cueva-libro que se escribe por dentro para llegar al blanco. Si empezó en el 2019, ¿hasta cuándo cabrán líneas blancas en las paredes grises, y cuál será la última que convierta a esa escritura en el blanco total? ¿A cuánto tiempo y espacio de superposición ilegible estaremos expuestos hasta que eso pase? y entonces, ¿sabríamos cuántas líneas habrán sido escritas? Alcanzar el blanco nos deja en el punto preciso donde totalidad y vacío hacen de las referencias el reino de la ambigüedad. En eso Líneas Móviles es absolutamente moderna: la ausencia que habita toda palabra (la ausencia de la cosa que nombra, la ausencia de nexo real con la cosa que nombra) es la materia con la que trabaja; el blanco es el síntoma de esa ausencia y no el motivo, porque más allá solo hay otro poco más de blanco.
En la edición el blanco es un bien (espacio) y una materia que sostiene la página, como enseñaron los buenos compositores con tipos móviles: el blanco es material de plomo ajustado a una caja, obturando el espacio de impresión. Su condición de materia invisible participó del sueño de la página como “copa de cristal”, según imaginó Beatrice Warde: el mejor diseño es el que no se ve; la mejor página es la que nos hace olvidar que ella informa y modela nuestro encuentro con el lenguaje escrito. El blanco es también el territorio del margen que regula las afueras del texto, las progresiones, los saltos. Pero en Líneas Móviles esa relación se altera: no es el espacio sobre el que la escritura trabaja (como un cincel sobre la piedra escultórica) sino la materia-herramienta que revela la ficción del espacio. El blanco no existe.
Publicar es alterar los dispositivos de narración. Líneas Móviles diseña su propio sistema de publicación: una línea por día, abierta a quien quiera leerla; muchas líneas que componen nuevos poemas. Pero además está el colapso en el espacio: ¿cómo leer, cómo orientarse entre todas esas letras? El sol es un dispositivo de narración: la luz, la sombra, subraya versos que existen solo en ese momento del día, como un reflejo invertido de las formas del cielo. Nunca hay dos nubes en el mismo sitio; nunca cae dos veces el mismo rayo de sol sobre las letras. Cuando no hay sol, Andrea Iriart lee con linternas. Hay una forma del viaje y de la clandestinidad en esa lectura. En los buses por la noche, también yo leo con linterna, si tengo miedo.
Publicar es alterar el tiempo entre proceso de escritura y resultado editorial. Hablamos de procesos: el de escribir y el de editar; pero al libro lo vemos casi siempre como un resultado. ¿Qué pasa si el libro publicado es el proceso mismo? Líneas Móviles invierte ese tiempo largo de la escritura privada que se revela ante los ojos del lector de una sola vez en el libro impreso como un tiempo consumado; en cambio, pone a la inscripción gráfica pública del lado de la escritura continua, quisquillosa como una serie de versiones finales infinitas.
Publicar es alterar las proporciones espaciales entre unidades y fragmentos. Andrea Iriart parte de sus cuadernos manuscritos. Hay un volumen de escritura manual, de letras cuya escala de lectura es el códice, la mesa, el escritorio. Todas esas páginas se reducen, en un día, a la medida de una línea: la unidad mínima; pero la pintura en la pared convierte esa reducción gramatical en una expansión visual del significante: la letra se vuelve cinco, seis, siete, once veces más grande sobre la pared, y según la altura, se vuelve vértigo. La paradoja: en la diminuta existencia de una letra está el vértigo. Del cuaderno a la pared no hay un camino que va de lo pequeño a lo aumentado, es un proceso volumétrico de transformaciones entre lo extenso del texto y lo mínimo extraíble, entre lo diminuto de la letra y lo agigantado de la publicación, entre la unidad mínima significante y la ambigüedad abierta del sentido. En este punto, Líneas Móviles performa radicalmente la falacia de que editar es ir del texto al libro caminando en una dirección.
Publicar es hacer el libro cueva. Gabriela Halac fantasea con que el primer libro fue una cueva donde quien lo escribió se dejó guiar por la rugosidad de la piedra, y la escritura-dibujo fue tomando las formas de la página-roca. Esa cueva como territorio se resiste a ser un espacio consumido y puede ser también el espacio que nos consume. Volvemos entonces a la economía, el tiempo, la pintura. La metáfora del consumo editorial es clara: un best-seller es un libro que nos devoramos, me devoré el libro, solemos escuchar. Un libro cueva puede en cambio devorarnos.
Nota si quiere ahorrarse el tiempo de lectura, o si quiere dilapidar el tiempo de lectura: este texto también podría ser este poema sustraído al blanco del texto Líneas Moviles (Bruma, Plateada 2025)
poema sustraído al blanco
un espacio de 5 x 6 metros de diámetro y seis metros de altura
¿y si en vez de partir del blanco fuéramos al blanco?
voy al blanco con la escritura
el texto original se convierte en una línea desglosado
en el espacio
a través de los años la escritura-línea compone nuevos poemas
en tantos metros cuadrados, la escritura entra en colapso
el sol como una máquina de narrar
la pintura de mis libros
habla sobre el mundo y las formas de publicar
miro mis manos mientras escribo a gran escala y por momentos las veo independientes de mí, como si en cada palabra se desprendieran del cuerpo y en un ritmo propio emprendieran su viaje!
a la noche leemos con linternas
en los viajes también leo con linternas
y escribo con las piernas
el vértigo de una palabra
la lengua, la primera editora