Las escrituras editoriales son escrituras donde el método de publicación es coextensivo al procedimiento de escritura; son escrituras donde una parte del cuerpo del libro deviene exploración y se convierte en un nuevo dispositivo textual; son escrituras marcadas por la edición como una experiencia material que desvía las intenciones de transmisión; son escrituras que no podrían existir si no fueran marcadas por imaginar el espacio de inscripción como un asunto propio.
Estas reseñas son la oportunidad para presentar, en cada entrega, un libro que dice y hace algo sobre lo que dicen y hacen los libros. Dos acciones que, afortunadamente, no siempre coinciden. Y eso es porque tienen un cuerpo. Y ese cuerpo tiene una historia que los delineó como tal, que nos hizo verlos como objetos que ya sabemos reconocer en el mundo y hacia los cuales sabemos cómo ir.
Sabemos reconocer una página, un lomo, un título, la solapa, la contratapa, los legales del libro, los colofones, el índice de contenido, el índice temático, las dedicatorias; sabemos reconocer una nota al pie, las referencias bibliográficas, las portadas de capítulo, las hojas de cortesía, los prólogos, los epílogos, los epígrafes. ¿Pero qué pasa cuando a todo ese repertorio de microtextualidades y dispositivos materiales les desplazamos la funcionalidad prevista y hacemos un zoom en sus potencialidades retóricas? Como nuestro cuerpo, que interrumpe en los gestos la relación entre intencionalidad y efecto, o como nuestro cuerpo cuando una de sus partes se entrena para desplazarse de la función que la vida cotidiana le otorgó, así también los libros.
Decir y hacer podrían a su vez ser acciones desdobladas en sus no-coincidencias: lo que un libro dice no es casi nunca un sentido integral donde sonido, ritmo y sentido son como ríos que confluyen al mismo mar de significados; no es casi nunca un sentido integral donde la gramática se corresponde perfectamente con la semántica; no es casi nunca un sentido integral donde el libro sabe lo que dice. Lo que un libro hace corre la misma suerte: como un escenario para la dramaturgia del lenguaje, sus partes aparentemente mudas actúan gestos, voluptuosidades, memorias, imágenes, metáforas que desafían lo escrito.
Verónica Stedile Luna